¿Qué es la casa de Dios?...
"Porque toda casa es edificada por alguien, mas el que edificó todas las cosas es Dios. Y de cierto, Moisés fue fiel en toda su casa, como siervo, para testimonio de lo que se iba a anunciar; mas Cristo, como Hijo, sobre su propia casa; la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y la gloria de la esperanza" Hebreos 3.4-6. Esta Casa somos nosotros; son todos los que creen. Tanto en el tabernáculo, como en el templo, su gloria, su 'shekinah' solo se manifestó porque todo fue hecho conforme al modelo que fue dado por Dios y el modelo era del cielo.
Lo que era modelo se tornó realidad en el día de Pentecostés, cuando su gloria descendió sobre aquellas 120 personas, y permanece sobre su Iglesia en todas las generaciones, hasta el día de hoy.
A partir de ahí no fue más necesario el templo, y fue totalmente destruido y sigue hasta hoy. El pueblo de Israel quiere reconstruirlo, pero Dios no lo necesita más, pues ya tiene su santuario.
En João 2, de los versículos 13 a 21, Jesús profetiza acerca de su Iglesia.
El título habla de purificación del templo, pero Jesús no deseaba purificar aquel templo; en aquel momento estaba hablando que aquello que siempre fue una figura, iba a hacerse realidad en Él.
El templo al cual Él se refería, era el templo de su cuerpo, no el físico, pues ya profetizaba sobre la Casa de su Padre, la Casa espiritual que es su Cuerpo, el cual Él es la cabeza, y los hijos de Dios su complemento (Ef. 1.22-23).
Jesús llamó aquel templo de casa de negocios, porque todo lo que no es Su Casa, y que no tiene Su Presencia, la gloria de Dios, es una casa de negocios. Aquello que por muchos es llamada casa de Dios se tornó una casa de negocios (Jer. 7). Dios no habita en templos hechos por manos humanas. Si el Señor Jesús (YESHUA) no es la cabeza de la iglesia; si su Presencia y Su Gloria no están sobre ella, nunca la considerará como Su Iglesia.
Aquello que se conforma como el mundo es llamado por Dios de Babilonia, que tuvo su inicio en Babel.
Las cosas de Dios se disciernen espiritualmente, y todo lo que es aparente, visible, no puede ser llamado Su Casa, la Casa de Dios es un templo vivo, edificada con piedras vivas, a partir de la piedra angular.
Ella es espiritual, es celestial, la Casa de Dios tampoco tiene belleza exterior. Como en el tabernáculo, su gloria solo podía ser vista en su interior, quien miraba de fuera veía algo extraño, apenas pieles de animales, pero su interior era glorioso, por fuera mostraba la humanidad de Cristo, pero por dentro su divinidad.
Al contrario del mundo que quiere mostrar cosas visibles y que sean atractivas a los hombres, la Iglesia del Señor no tiene belleza ni hermosura para que la deseen. Ella es pobre y débil en su apariencia y así como fue su fundador en cuanto a su humanidad también sus miembros son despreciados y los más indignos entre los hombres por causa de sus procedimientos y sus doctrinas (Apoc. 2.9 y 3.8).
Un día será gloriosa, como piedra preciosísima, diáfana como el cristal, pero hoy tiene la misma apariencia del tabernáculo y de Cristo en su humanidad. Quien la ve de fuera no encuentra nada atractivo en ella, porque su Gloria está en el interior, en la Persona de Cristo, que es la vida de sus santos y que está en medio de su pueblo.
En el tabernáculo, los pecadores solo podían entrar en el atrio, solamente los sacerdotes veían su Gloria interior, y apenas el sumo sacerdote veía toda su Gloria en el lugar santísimo. Hoy, como sacerdotes reales, podemos ver Su Gloria y ministrar en Su Casa. Solamente nuestro Sumo Sacerdote conoce toda Su Gloria. Solamente Él penetró los cielos físicamente, y un día volverá de allá, pero ya podemos gozar de Su Gloria en la medida que ya somos Su Casa. Y por Cristo, tenemos acceso al lugar santísimo, por el camino nuevo y vivo que Él nos inauguró (Heb. 10.19-20); este lugar santísimo es nuestro propio Dios.
Si intentamos visualizar la Casa de Dios, o sin entendimiento llamamos un lugar Su Casa o Su Iglesia, correremos el riesgo de perder aquello que el Señor ha edificado. Cuando Dios dio a Moisés y a David el diseño de la Casa, ese diseño era del cielo. Hoy gozamos de aquello que es el verdadero tabernáculo que Dios fundó y no el hombre (Heb. 8.2). Hoy vivimos la realidad de aquello que para ellos era apenas un modelo, una figura. Esta realidad es espiritual y no visible.
Si no miramos con los ojos espirituales, vamos a estar en gran confusión, y continuar causando divisiones entre el pueblo de Dios. Todo hijo de Dios ministra en este santuario, pues es un sacerdote real. Cuando Dios mira a Su Iglesia la ve completa, con Cristo como su cabeza, una parte de su complemento en el cielo, y otra aquí en la tierra (Ef. 3.14-15). Para que lo celestial se manifestase primero tenía que venir lo terreno (1Cor.15;46,47) así Cristo necesitó de María para tener su cuerpo humano para que lo celestial (Dios) se presentase al mundo
La Casa de Dios o la Iglesia de Jesucristo son todos los santos en el cielo y en la tierra, y el Señor Jesús la cabeza sobre todos. Por eso todo hijo de Dios ya llegó al monte de Sión, a la Ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, a la Asamblea Universal e iglesia de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, al juez de todos, y a los espíritus de los justos hechos perfectos, y a Jesús cabeza sobre todos (Heb. 12.22-24). No es algo tangible como dice el versículo 18, sino de fe. Un reino inconmovible.
Si llamamos un lugar de iglesia, o excluimos a cualquier hermano, aun alguien que ya esté en el cielo, todavía no entendemos qué es la Casa de Dios, o la Iglesia del Dios vivo. Lo que llamamos de iglesia, aquello que es visible, tangible, el Señor lo llama de mundo en la parábola de la cizaña y del trigo (Mat. 13.36-43).
La Casa de Dios es espiritual y solo la ven los verdaderos adoradores. Como Jesús dijo a la mujer samaritana, quien adora en el monte, o necesita de un templo para adorar, adora lo que no conoce (João 4.20-24). Dios es Espíritu y todo lo que se relaciona con su mundo también es espiritual. Hay muchos que se llaman adoradores, pero Dios busca verdaderos adoradores, como dijo Jesús, que lo adoren en espíritu y en verdad.
En Hebreos 3.5, la Palabra dice que Moisés fue fiel sobre la casa de Dios como siervo. Esta debe ser nuestra actitud para con la Casa de Dios. Él con todo el conocimiento de Egipto podía poner sus manos y conocimiento para edificar el tabernáculo, pero no lo hizo, se portó como un siervo fiel.
David también quería hacer una casa para Dios, y Dios le reveló la Iglesia cuando dijo: "...el Señor te declara que él te hará casa... sino que también has hablado de la casa de tu siervo para tiempos distantes" II Samuel 7.11 y 19. Si Dios dejara a David hacer una casa para Él, y con seguridad él ya tenía el proyecto en su corazón, ¿cómo sería? Él tenía capacidad y condiciones financieras para hacer, pues ya había hecho una linda casa para él, pero Dios no aceptó su proyecto, aunque majestuoso, porque ciertamente no expresaba a Cristo, sino la gloria humana.
Dios es quien nos ha hecho Casa. Él es el arquitecto y edificador de esta obra. En la construcción del tabernáculo y del templo Moisés y David fueron siervos fieles, siervos obedientes. De la misma forma como el Señor los guardó de hacer una casa para Él, que el Señor nos guarde también de hacer algo para Dios con nuestras propias manos, inteligencia, y condiciones financieras.
OBSERVACIÓN: No quiero que hermanos me interpreten mal, con mi exposición; no estoy en contra de la construcción de edificios para recibir a la Iglesia estoy en contra de la idolatría de él, pues muchos valorizan más el edificio llamado templo que los miembros que forman la Iglesia.
Que Dios os Bendiga.
Pr. José Ramos

