La profesora Ana María pidió a los alumnos que hicieran una redacción sobre lo que les gustaría que Dios hiciera por ellos. Luego por la noche, corrigiendo las redacciones, ella se encuentra con un texto que la deja muy emocionada. El marido en ese momento entra y la ve llorando, entonces pregunta: “¿qué pasó”? Ella extendió la redacción de un niño y responde:”¡lea”! El texto decía:
“Señor te pido algo especial: transfórmame en un televisor. Quiero ocupar su lugar, vivir como vive la televisión en mi casa. Tener un lugar especial y reunir a mi familia a mi alrededor. Ser tomado en serio cuando hablo. Ser el centro de las atenciones y ser escuchado sin interrupciones ni cuestionamientos. Recibir el mismo cuidado especial que recibe la televisión cuando no funciona.
Tener la compañía de mi padre cuando llegue a casa, aunque esté cansado, y que mi madre me busque cuando esté sola y aburrida en lugar de ignorarme. Y aún que mis hermanos peleen para pasar algunos momentos conmigo. Y, por fin, que yo pueda divertir a todos.
Señor, no te pido mucho, ¡solo quiero vivir lo que vive cualquier televisor!”.
Vivimos en un mundo que ofrece mil distracciones y entretenimientos. Seducidos por esta onda de placeres, nos dejamos llevar, permitimos que tantas pequeñas cosas llenen nuestra vida, nuestro tiempo y, acabamos por dejar lo que es más importante a un lado; las personas que Dios nos dejó para cuidar y amar.
Necesitamos renunciar a nuestro bienestar, salir de nuestra coraza y tocar a los que nos rodean, mostrándoles que son muy amados, aceptados y apreciados especialmente los hijos.
Amar como Dios amó es la suprema misión del hombre. Haga lo siguiente: apague hoy el televisor y simplemente regálese a los que están cerca de usted. Dígales lo amados que son, abra su corazón sin vergüenza o prejuicios.
Que el Señor Jesús esté presente en su vida.

