Cierta ocasión en alta mar, en medio de la tripulación de un barco existía un marinero que por el hecho de ser creyente, nuevo convertido, era motivo de insultos y burlas por parte de sus colegas.
Un bello día, el capitán del barco, reuniendo a los marineros en la cubierta, tomó un catalejo y, de un lado para otro, comenzó a mirar en el horizonte. Miraba, miraba hasta que los marineros, curiosos, quisieron saber de qué se trataba. Entonces el capitán, apartando los ojos del catalejo, se dirigió al marinero creyente y le dijo:
-Miré por todos lados. Miré y me cansé de mirar, pero no conseguí ver a Dios.
Entonces el marinero, levantándose, tomó la Biblia, y abriéndola en el libro de Mt, capítulo 5, versículo 8, leyó esta joya rara del Amado Maestro:
"Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".
Jamás aquel capitán podría ver a Dios. Los males de su pecado lo dejaron en tinieblas, al punto de no poder vislumbrar a Dios y adorarlo en espíritu y en verdad.
Tales pecados no sólo impiden que Dios nos escuche las oraciones y nos extienda las manos para bendecirnos, como también impiden nuestra propia visión de las cosas espirituales.
No es de admirar que exista mucha gente que, palpando espiritualmente, vive totalmente ciega.
Texto enviado por la dirección de la iglesia que está en Ribeirão Preto.
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