Dicen que la vida del cristiano está hecha de altos y bajos, de momentos buenos y malos, espiritualmente hablando y, no hay nadie que afirme que la vida con Dios sea solo hecha de altos y buenos momentos, pues de hecho, estamos sujetos a declives y ascensos de fe todos los días. ¿Y cuál es la semejanza de la vida espiritual de un cristiano con las estaciones del año?
El cristiano cuando conoció y/o aceptó a Jesús como siendo su único y verdadero Dios, está en la llama del primer amor, en el deseo de hacer todo y mucho más por la obra del Señor, quiere ganar almas, predicar la palabra, quiere adorar a su Dios de todas las formas y en todos los momentos de su vivir, él está siempre presente en la Casa de Dios y si es posible quiere salir gritando que solo Jesús salva, liberta y transforma y, yo comparo ese momento con el verano, donde los días son calurosos y el sol brilla por un largo período y el cristiano está en el auge de su fe, está más fuerte que nunca, pues el Sol de Justicia (Jesús) ilumina su vida con fuerza y su amor por Jesús es caluroso e intenso.
Sin embargo, después del verano de calor intenso llega el otoño y, las cosas comienzan a cambiar. Aún existe el amor por el sr Jesús, por Su obra, pero el ardor ya no es el mismo. Ya no hay tanto entusiasmo para llevar la Palabra, no hay voluntad de estar siempre en la Casa de Dios, no se ora más y se percibe la disminución del entusiasmo en relación a Dios. Y yo comparo ese momento de la vida cristiana con la disminución de la temperatura y la caída de las hojas de los árboles que van poniéndose amarillentas y poco a poco van cayendo, que caracteriza el otoño.
¡Y entonces, llega el tan temido invierno! Las temperaturas caen demasiado y el Sol ya no brilla con intensidad en la vida del cristiano y tiene la llama del amor por Cristo débil y pequeña, que no consigue calentar más su vida espiritual como antes. El clima es glacial y no se ve más ningún brillo y entusiasmo, ya no existe la voluntad de trabajar para el Señor y, Él deja de ser el primero en su vivir. Comienza a tener otras prioridades y el clima helado aleja cualquier deseo de orar, leer la Biblia e incluso ir a la Casa de Dios para adorarLo.
Pero llega la primavera y la vida del cristiano se renueva pues, es típicamente la estación del reflorecimiento de la fauna y flora. Él comienza a recibir la lluvia del Espíritu de Dios en su vivir, que poco a poco va haciendo brotar nuevamente la voluntad vehemente de florecer y estar bien junto a Cristo y, la llama del amor va volviéndose más fuerte, como las temperaturas que van elevándose poco a poco. Cuando menos se espera él floreció otra vez y resplandece el brillo del Sol de Justicia en su rostro ¡una vez más! ¡Y vuelve el verano, haciendo nuevamente el ciclo de las 4 estaciones del año!
Y así es nuestra vida en los caminos de Dios, es inevitable que pasemos por esas fases, que tengamos el verano de calor intenso, el otoño de la caída de las hojas y temperaturas, el invierno de frío intenso y por fin la primavera, del reflorecimiento y renovación de las fuerzas, luego viene el verano y así sucesivamente. Pero es necesario que aun pasando por todas las estaciones, recordando y deseando estar siempre en el verano, pues es la vivacidad y calor del amor de Cristo que nos envuelve y calienta y, pasemos las demás con confianza y fe, sabiendo que ¡todo coopera para el bien de aquellos que aman a Dios! (Romanos 8:28)

