Pienso que la juventud es la fase más llena de incertidumbres que tenemos que vivir.
Grandes elecciones que cambiarán el rumbo de nuestras vidas deben ser tomadas en este período turbulento: si seguiremos las prácticas religiosas de nuestros padres, de cuál profesión sacaremos el sustento de nuestras familias, la elección de nuestros cónyuges, entre otros.
Elecciones estas que, como principalmente la del último ejemplo, relegamos la misión a nuestro engañoso corazón y muchos por este motivo acabamos amargando las consecuencias de esas malas elecciones por toda la vida. Pero estos asuntos sentimentales del falaz corazón quedarán para otro artículo.
Quiero llamar la atención sobre los peligros de esta fase en que muchos jóvenes cristianos acaban por perder la fe por no saber lidiar con estas elecciones y por ser impacientes cuando, a nuestro tiempo, parecen demorar en acontecer.
Que la juventud es una fase de elecciones y que tenemos que vivirla es evidente y no hay nadie en perfecto estado psicológico que así no lo desee. Entonces, ¿cómo tratar de minimizar estas angustias? ¿Cómo nosotros, jóvenes cristianos, tenemos que proceder para aprovechar esta fase? Primero y sin duda la más importante de las respuestas se encuentra en el libro de Salmos: “¿cómo purificará el joven su camino?
Observándolo conforme a tu palabra. Salmos 119:9”, sabiendo que en la palabra de Dios hay muchos consejos sabios que nos orientan en las elecciones de esta fase, ¿por qué no obedecer? Muchos padecen por no prestar atención a la palabra de Dios.
He percibido que muchos jóvenes que abrazaron la fe, a veces se encuentran desanimados por creer que la falta de un buen empleo, la falta de un novio, o novia y otras conquistas de la fase juvenil los hacen menos amados por Dios y se sienten hasta despreciados por no tener sus oraciones respondidas. ¿Es erróneo tener esos momentos de melancolía?
Es evidente que no, somos humanos y dotados de sentimientos, pero lo que no podemos olvidar es que tenemos un camino a recorrer y que los pasos que damos somos nosotros y muchas veces apenas reclamamos y no nos esforzamos para comenzar la caminata, haciendo nuestra parte.
Cuando nos esforzamos al máximo y aun así las cosas aún no suceden de la manera que planeamos tenemos que tener la convicción de que todo sucede para bien de aquellos que aman a Dios (Y sabemos que todas las cosas contribuyen juntamente para bien de los que aman a Dios, de los que son llamados conforme a su propósito. Romanos 8:28) y que tenemos que sacar lo mejor de la vida, aunque pasemos por momentos que no nos agradan.
Sabiendo que nuestra vida está hecha por elecciones y acciones, entrega tu camino al Señor y confía en él (Salmos 37:5) y pasarás por esta fase “de la incertidumbre” plantando semillas que te alegrarán con sus buenos frutos por toda tu vida.
Jesse Caleb A. Sanches
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